Un día nuevo en alguna ciudad gris. Su novedad terminaba por ser siempre lo mismo. La rutina, ese sistema por mantener una línea, se volvía pesado y amargo.
Amargo como un chocolate sin azucar, no como ese gustito a mate puro sin nada más que sus hierbas y rituales compartidos.
Me desperté, como de costumbre, a una hora inexacta. Preparé mi ritual y emprendí mi viaje mañanero. Un libro, el mate y mi cabeza en blanco. No anhelaba otro pensamiento que los de esas páginas podian otorgarme.
Y así fue como comenzó. Me sumergí en la historia de un futuro, donde la vida es monótona y con un simple objetivo. Donde no existe el amor ni se conoce la real felicidad, salvo la de su ignorancia. Una ignorancia adaptada a su sistema, disfrutando de no pensar ni de tener la necesidad de hacerlo.
Miré la hora y aterricé. En mi nuevo día me iba a correr de la rutinaria. No tenía otro deseo más que el de correr hacia ningún lado y, posiblemente, a muchos. A ese gustito de viajar, dulcemente alejarse.
Mi mochila estaba en un rincón de mi cuarto esperando una nueva experiencia... en un nuevo día. Sentía el aire diferente, lleno de realidad y todavía no me había movido. Cerré apenas los ojos y dejé que una mano me arrastrase hasta el fondo de mi cuerpo. Me transmití una serie de cosas, imposible definirlas, y abrí los ojos. Mi viaje iba a empezar.
En ese instante suena mi alarma.
Un nuevo día en alguna ciudad gris. Como de costumbre, me desperté a las seis de la mañana habiendo soñado en la espontaneidad. Sin un sistema al cual obedecer, ni ignorantes felices.
Amargo como un chocolate sin azucar, no como ese gustito a mate puro sin nada más que sus hierbas y rituales compartidos.
Me desperté, como de costumbre, a una hora inexacta. Preparé mi ritual y emprendí mi viaje mañanero. Un libro, el mate y mi cabeza en blanco. No anhelaba otro pensamiento que los de esas páginas podian otorgarme.
Y así fue como comenzó. Me sumergí en la historia de un futuro, donde la vida es monótona y con un simple objetivo. Donde no existe el amor ni se conoce la real felicidad, salvo la de su ignorancia. Una ignorancia adaptada a su sistema, disfrutando de no pensar ni de tener la necesidad de hacerlo.
Miré la hora y aterricé. En mi nuevo día me iba a correr de la rutinaria. No tenía otro deseo más que el de correr hacia ningún lado y, posiblemente, a muchos. A ese gustito de viajar, dulcemente alejarse.
Mi mochila estaba en un rincón de mi cuarto esperando una nueva experiencia... en un nuevo día. Sentía el aire diferente, lleno de realidad y todavía no me había movido. Cerré apenas los ojos y dejé que una mano me arrastrase hasta el fondo de mi cuerpo. Me transmití una serie de cosas, imposible definirlas, y abrí los ojos. Mi viaje iba a empezar.
En ese instante suena mi alarma.
Un nuevo día en alguna ciudad gris. Como de costumbre, me desperté a las seis de la mañana habiendo soñado en la espontaneidad. Sin un sistema al cual obedecer, ni ignorantes felices.
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