1.2.17
“Perdiste lo que te hace bien”- me dijiste entre dientes para no soltar un aire de desolación.
“Cuando te encontras, no lo necesitas más”- te contesté creyendo que entendía a lo que te referías. Me lanzaste una mirada de desconcierto, mezclada en el no entender qué es encontrarse y cómo no se necesita igual. Me suavizaste la mirada y me hablaste de mí, de escribir, de ser. Me callaste con solo cuatro palabras en una frase nada compleja. “Escribir te hace bien”.
Cerré los ojos para dejarme volar un rato. Indagué por mi memoria para encontrar la razón de mi abandono. Dejé caer mi lágrima y solté una risa. Jugueteé con mis manos sin saber que serían las protagonistas de mi historia. Las observé. Siempre tan desprolijas y acompañadas.
Caminé para llegar y esperarte. Llegaste para caminar y hacerme esperar. Y te esperé. Dibujé en mi cabeza hombrecitos con un solo ojo, tres piernas, cinco bocas y, por supuesto, dos manos. Me entretuve con las líneas negras que iban trazando mi imaginación. Jugué con ellos. Frené. Empecé a observar cómo se iba armando una historia. Su historia. Como poco a poco sus manos conectaban y no dejaban lugar a la soledad. Observé a un hombrecito diferente, más real, con los mismos rasgos pero solitario. Sus manos jugaban solas y no quedaba nadie para no dejarlas caer en la monotonía de una caminata lenta. Intenté dibujar otro más. Pero no pude. Para mi sorpresa, yo ya no tenía control sobre ellos, sobre mi dibujo e imaginación. Ya no era dueña de mi cabeza, de las imágenes, de las acciones. Por el contrario a mi querer, fueron desapareciendo de a parejas los hombrecitos hasta dejar, como era de imaginarse, a ese solitario cansado del mismo juego.
Me quedé helada. Esperarte ya no era divertido. Esperarte me angustiaba. Pero, esperarte me hacía conectarme con aquel mamarracho dentro de mí. Por más que no quería estaba atrapada. Tenía que hacer algo. Dejarlo solo no era opción, y verlo como poco a poco desvanecía a causa del dolor, me generaba el mismo vacío que él mismo estaba sintiendo.
El lápiz de mi cabeza, al parecer, ya no tenía punta. No me dejaba dibujarle su compañía, entonces, dejé de intentar y me enfoqué en las emociones de aquel hombrecito. Tenía la mirada perdida con confusión. Sabía que le faltaba algo, pero como nunca lo tuvo, no sabía qué.
Empezó a caminar, y en su camino no encontró nada más que pasos cansados y ropas calientes. Tenía la actitud de un guerrero pero una mirada llena de tristeza. Su desconcierto a donde estaba era cada vez más notorio. Y desesperante. Ya no caminaba, corría a toda fuerza para llegar a quién sabe dónde. Y ya no corría, se sentaba en un lugar en dónde sabe quién. Y ya no se sentaba, se acostaba despacio en un espacio totalmente deshabitado.
Cerró su ojo dejando posar en su mejilla una lágrima de despedida. Levantó una de sus manos para secar la misma y su ojo se abrió nuevamente. Sorprendido tanto por su mismo tacto, dio un salto disparado a lo más alto posible. Indagó por su memoria las razones de su abandono. Soltó una risa y jugó con sus manos. Poco a poco se fue dando cuenta del protagonismo que éstas mismas le provocaban. Encontró el tacto y desapareció con una sonrisa en la cara.
Me quedé sometida en mi cabeza sin ver nada. Ya no había dibujo, ya no había historia. Frené y me di cuenta de que te seguía esperando, hasta que encontré mis manos…
“Cuando te encontras, no lo necesitas más”- te contesté creyendo que entendía a lo que te referías. Me lanzaste una mirada de desconcierto, mezclada en el no entender qué es encontrarse y cómo no se necesita igual. Me suavizaste la mirada y me hablaste de mí, de escribir, de ser. Me callaste con solo cuatro palabras en una frase nada compleja. “Escribir te hace bien”.
Cerré los ojos para dejarme volar un rato. Indagué por mi memoria para encontrar la razón de mi abandono. Dejé caer mi lágrima y solté una risa. Jugueteé con mis manos sin saber que serían las protagonistas de mi historia. Las observé. Siempre tan desprolijas y acompañadas.
Caminé para llegar y esperarte. Llegaste para caminar y hacerme esperar. Y te esperé. Dibujé en mi cabeza hombrecitos con un solo ojo, tres piernas, cinco bocas y, por supuesto, dos manos. Me entretuve con las líneas negras que iban trazando mi imaginación. Jugué con ellos. Frené. Empecé a observar cómo se iba armando una historia. Su historia. Como poco a poco sus manos conectaban y no dejaban lugar a la soledad. Observé a un hombrecito diferente, más real, con los mismos rasgos pero solitario. Sus manos jugaban solas y no quedaba nadie para no dejarlas caer en la monotonía de una caminata lenta. Intenté dibujar otro más. Pero no pude. Para mi sorpresa, yo ya no tenía control sobre ellos, sobre mi dibujo e imaginación. Ya no era dueña de mi cabeza, de las imágenes, de las acciones. Por el contrario a mi querer, fueron desapareciendo de a parejas los hombrecitos hasta dejar, como era de imaginarse, a ese solitario cansado del mismo juego.
Me quedé helada. Esperarte ya no era divertido. Esperarte me angustiaba. Pero, esperarte me hacía conectarme con aquel mamarracho dentro de mí. Por más que no quería estaba atrapada. Tenía que hacer algo. Dejarlo solo no era opción, y verlo como poco a poco desvanecía a causa del dolor, me generaba el mismo vacío que él mismo estaba sintiendo.
El lápiz de mi cabeza, al parecer, ya no tenía punta. No me dejaba dibujarle su compañía, entonces, dejé de intentar y me enfoqué en las emociones de aquel hombrecito. Tenía la mirada perdida con confusión. Sabía que le faltaba algo, pero como nunca lo tuvo, no sabía qué.
Empezó a caminar, y en su camino no encontró nada más que pasos cansados y ropas calientes. Tenía la actitud de un guerrero pero una mirada llena de tristeza. Su desconcierto a donde estaba era cada vez más notorio. Y desesperante. Ya no caminaba, corría a toda fuerza para llegar a quién sabe dónde. Y ya no corría, se sentaba en un lugar en dónde sabe quién. Y ya no se sentaba, se acostaba despacio en un espacio totalmente deshabitado.
Cerró su ojo dejando posar en su mejilla una lágrima de despedida. Levantó una de sus manos para secar la misma y su ojo se abrió nuevamente. Sorprendido tanto por su mismo tacto, dio un salto disparado a lo más alto posible. Indagó por su memoria las razones de su abandono. Soltó una risa y jugó con sus manos. Poco a poco se fue dando cuenta del protagonismo que éstas mismas le provocaban. Encontró el tacto y desapareció con una sonrisa en la cara.
Me quedé sometida en mi cabeza sin ver nada. Ya no había dibujo, ya no había historia. Frené y me di cuenta de que te seguía esperando, hasta que encontré mis manos…
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