Me gusta la noche en todo momento. Me gusta cuando anochece, me gusta en su oscuridad plena, me gusta de madrugada. Me gustan las dos horas antes de amanecer, la adrenalina de que ya termina, empieza otra cosa. La noche alimenta al sexo y a la pasión, a la melancolía e inspiración. Ella te juega a alcanzarla, corre para que no quieras dormir y la abraces de imprevisto. Se viste de mantra, ahuyenta el sonido y absorbe tranquilidad.
Será por su acompañante, fiel espada a su dueño. Lista para batallar con la oscuridad extrema, cuál ganando fuerza en su luz, evidencia las calles.
Me gusta vestirla de negro y a veces desnudarla. Aceptar sus miedos y escuchar sus secretos.
Será por lo fuerte que se ve en la soledad, dónde me encuentro sola y me acompaña. No me toca ni me roza, no me mima, no me estorba. Se queda en su lugarcito atrapando mis pensamientos atándolo a hojas. No es mi madre. No es mía. Somos pares separados sin dejarnos nunca.
Me gusta la palabra tranquilidad y sentirla. Me gusta escucharla, me gusta escribirla. Me gusta como agarra de la mano a la noche y le susurra canciones. Le regala tarareos. Me gusta en silencio, me gusta en el viento. Me gusta su sonido como un galopeo. Apenas pisando, volando en la tierra, se escuchan sus golpecitos con invisibles marcas encontrando pasos perdidos.
Esa no es una luz. Esa es la luna. Sobrenatural en un mundo lógico. Simplemente brilla.
Simple ente flotante capaz de ser sensaciones.
Ser sancionado a causa de su nombre. No siente, no habla, no es un ser.
Es serenata, es vida. Es la luna y es la noche. Seres inmensos presos de su hermosura. Belleza incomparable.
No. No hablo de estereotipos. No hablo de tipos. Ni minas. Cuevas enriquecidas por su veneno. No hablo de palabras, no hablo de insensibilidades.
Me quedaría horas viéndola. Oliendo su aire en tinieblas. Acariciando un hilo de luz que me acaricia.
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