31.1.19
Siento una mano sobre mí. La sobrecarga de lo imposible de explicar. La pesadez del cuerpo cuando no puede explotar.
Siento como millones de partes de mí, se pelean por poder unirse; abandonar el estado de embriaguez y someterse a la sobriedad de uno mismo. Aún sabiendo que somos parte de las dos cosas. Aún siendo un cosmos escondido.
Siendo centellas de estrellas que se arriman a permanecer y perdurar. Puntos extraños y recónditos en constante movimiento. Cambio atmosférico del alma. Nublado panorama de uno mismo.
El ser en añicos; el cuerpo en el aire. La mente perdida. Eternidad del desencuentro.
¿Cuántas veces más seré parte de mí? ¿Cuándo se calma la agonía del no saber?
Pienso en reencontrarme aún en el mismo mar misterioso del no saber cómo. Anhelo la alegría y la dirección. Aún cuando comprendo la tristeza y a su estado más sólido.
Práctico cómo olvidarse de la esencia y volver a construirla. Reconstruirme construyéndome. Armando, de a poco, los pedazos que se desarman de mí. Tratando de encajar piezas incomprensibles.
Tratando de encajarme en un cuerpo donde ya no quepo y, en algún tiempo atrás, lo hacía.
Rompiendo los esquemas de lo que era para volver a ser.
¿Cómo estar segura de querer cumplir este ciclo?
¿Será el peor estado al cuál me someteré y quizá me pierda? ¿O me encontraré para sanar y volver a nacer?
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